Santo Domingo. Caminar de noche la calle El Conde ya no es tan “in” como hace unos años. Pasada las 11:00 los fantasmas deambulan con pasos livianos hacia a “La cafetera” ante las miradas soñolientas de los vagabundos que han hecho dormitorio frente a las puertas polvorientas que daban acceso los desaparecidos bar Roxi y restaurant El Panamericano.

La telaraña de la desidia arropó a la importante vía que está convertida en la “cenicienta” de los proyectos de remodelación de la Ciudad Primada de Ovando.

De día, personajes pintorescos, sin nombre ni abolengo, caminan de un lugar a otro, pero nadie los ve.
Caminan de prisa, y no hay vitrina que obligue a detener la mirada como la desaparecida y emblemática tienda La Margarita con su llamativo Santa Claus.

Para disfrutarla con vida llegué de mañana y al pasar frente a una pequeña heladería escuché una música que me transportó a los tiempos idos de las tiendas Disco Mundo, Disco Karen o Musicalia.

En la esquina Santomé mi imaginación logró devolverme a don Piro, quien cada sábado colocaba su “burro” repleto de “paquitos” (historietas) del que me servía lo nuevo de Red Ryder, Roy Roger, Linterna Verde, Archie, o El Llanero Solitario.

En el trayecto recordé la imagen de jóvenes que jugaban a tocarse las manos, cosas del pasado, hoy las parejas son más directas. En un banco verdoso diviso una niña de unos 14 años sentada en la pierna de otro niño que aparenta la misma edad, aislados del mundo a su alrededor.

Caminé hacia el parque Colón mientras repasaba los tarantines abarrotados de artesanías de todo tipo: pulsas, carteras de cuero, pañoletas, sombreros de cana, muñequitas en porcelana, güiras y tamboras en miniaturas, “mamajuanas” milagrosas, cigarros, encendedores, hasta agua de Florida de Murray & Lanman.
Al llegar al Palacio Consistorial pasamos a otro mundo donde los taxistas gobiernan y los nuevos negocios ofrecen servicio de “valet parking”.

Crucé la Arzobispo Meriño, tomé asiento en la única mesa disponible en la Cafetería El Conde, donde pedí un café mientras frente a mí un grupo de turistas franceses se hacía fotos junto a una bandada de palomas que revoloteaba a su alrededor.

Hasta mi mesa se acercó don Luis, un sabio amigo que conocí en mis años de estudiante en el Instituto Dominicano de Periodismo (IDP).

Llegó hasta mi mesa don Luis, más entrado en años, el pelo más cano y menos abundante. Tomó asiento, pidió un café y me saludó con una “primicia” que ya sabía: “El conde ya no es como antes”. (Testigo/José Antonio Aybar/El Nacional).

 

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