Rafael Amaya: Víctima de la trituradora de actores exitosos

¿Quién los cuida?, ¿quién los asesora o los guía?, ¿quién es el responsable de proteger a un ser humano de la «maquina de picar actores»?, ¿quién no cuidó a Rafael Amaya?… Se sabe desde siempre que los artistas o actores son inestables, sensibles, vulnerables y muchas veces hasta como niños: llenos de ego, con caprichos y modos de vida únicos.

No es la primera vez que un galán o actor de telenovela se vuelve «loco» o se marea o se descompensa en su mejor momento. El éxito abrumador, te desequilibra. Te crees Dios y más, te pagan lo que nunca antes te pagaron, te cuidan como si fuera lo único que el planeta necesita este momento para seguir con vida.

Te buscan, te desean, te «lamen» las botas y te rinden pleitesías. Eres el «Rey del momento». Pero esa es la «Trampa». Solo del «Momento», no es un reinado eterno, y la gloria dura muy poco, más en estos tiempos.

Les pasó a todos los que se creyeron el cuento, desde Eduardo Yañez en el pasado, William Levy, Mario Cimarro y ahora a «El Señor de Los Cielos», Rafael Amaya, que hoy esta viviendo su propio infierno.

Telemundo ya viene de padecer un tiempo atrás, los berrinches, chiquilinadas y mal humor de Mario Cimarro. Fue una pesadilla hasta el punto que en Colombia se desbordó con un arma y Telemundo dijo basta.

Hoy el producto más preciado de la industria es esta serie larga que tiene como único protagonista al actor mexicano. Nosotros, los periodistas, parecemos pesados, y como pájaros de mal agüero, pero si solo nos prestaran un poco de atención a nuestras profecías, se evitarían dolores de cabeza. Hace meses que venimos anunciando que la vida de rumba y diversión de «El Señor Éxito» estaba dando señales de malos pasos. El éxito es un veneno que puede ser mortal. Y hay que tener el antídoto, ya tienes que haber aprendido con el tiempo.

A una estrella hay que hacerla sentir una estrella, pero también protegerla de la maquina de «picar» de la fama. Amaya ya iba a las grabaciones en mal estado, y sus compañeros y productores, lo sabían y lo tenían que aguantar… ¿Lo tenían que aguantar?, o ¿tendrían que haber abierto el paraguas antes de la tormenta? ¿Quién cuida a estos galanes?, ¿quién le dice «No, hoy no grabas así», «hoy no puedes salir»? , o «¡Basta, ni una copa más!». ¿Son los managers?, ¿los amigotes?, ¿el publicista?, ¿la cadena?, o ¿los productores que en definitiva son sus jefes y quienes les pagan? ¿Cuál es el beneficio de dejarlo libre, desatado, sin ofrecerle ayuda, bajarlo a la realidad, que la serie o la fama lo avienta como un cometa sin rumbo? ¿Él es responsable, víctima o así es la «Matrix» de los egos ingobernables?

La realidad que la hospitalización de Rafael, deja muchas preguntas, muchas dudas y muchas responsabilidades para revisar. Los artistas se rodean de amigos que nunca le discuten nada, hermanos y primos que mientras entre dinero todo se festeja. ¿Y qué pasa con los managers?, una suerte de usureros que no tienden una red de ayuda o protección hacia a su producto. Dicen algunos maestros espirituales o psicólogos que es muy riesgoso hacer por varias temporadas un papel como el que hace Amaya, siendo el «Rey de los males y los vicios», pero eso ya es para otro blog… Hay que encontrar el antídoto para proteger a estos indefensos, machos actores que de golpe tienen un dinero que en su vida soñaron, las mujeres se les regalan como nada, y beber y salir es el néctar de la perdición.

Ser una persona pública es estar expuesto a todo tipo de demonios que se te acercan a ofrecerte el mundo. Pero no siempre se es sabio, cauto y espiritual en pleno torbellino de éxito. Para eso se inventó la humildad, y las raíces de los árboles, para no dejarse llevar por cualquier viento mentiroso que esto es para siempre. Los éxitos son por temporada. Ayer fue Cimarro, Kate del Castillo, hoy Rafael Amaya y mañana será otro… y el cuento termina muy rápido.

No es llegar, sino mantenerse y trascender. El cielo es para los dioses, todavía estamos en la Tierra, donde nuestro cuerpo y nuestra mente tiene un límite. Ese límite que hay que tener en la fama, en el trabajo y en la industria. ¡Pilas, que casi se muere el producto!

Via: huffingtonpost

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